Basílica de San Prudencio de Armentia

La basílica de San Prudencio de Armentia es un templo de culto católico situado en la periferia sur de la ciudad de Vitoria (Álava, País Vasco, España). Construida en el siglo XII aunque profundamente reformada en el siglo XVIII, constituye uno de los más destacados ejemplos del románico alavés y vasco. A su interés artístico y monumental se le añade el histórico, ya que la basílica está ligada al pasado altomedieval de Armentia como sede episcopal. Su actual advocación es la del santo Prudencio, nativo de Armentia, obispo de Tarazona y patrón de Álava.

La denominación de «basilica» no supone la condición eclesiástica de basílica menor, solamente nominal.

El templo fue levantado en las últimas décadas del siglo XII, sobre una antigua iglesia construida en el siglo VIII coincidiendo seguramente con la fundación de la ciudad de Vitoria en 1181, aunque se cree que en ese mismo solar se conservaban los restos de una edificación religiosa más antigua, del siglo VIII. Entonces, ya hacía un siglo que se había extinguido el antiguo Obispado de Armentia, surgido a finales del siglo IX, unas décadas después de la fundación del cercano Obispado de Valpuesta, en tierras occidentales alavesas y burgalesas. En la época altomedieval, el poblado de Armentia era un importante núcleo de población al ser encrucijada del Camino de Santiago y de la antigua calzada romana Astorga-Burdeos, que tenía aquí un hito llamado Suisaco, citado en el itinerario de Antonino, entre Veleia (Iruña) y Tulonio.2​ Todo ello, unido al reconocimiento de Armentia como lugar de nacimiento de Prudencio, santo de época visigótica (hacia el siglo VI) muy venerado, además de en Álava, en tierras riojanas, sorianas y zaragozanas, donde transcurrió su vida de ermitaño, evangelizador, conciliador y obispo, convirtió a Armentia en el centro espiritual más importante de Álava.

El templo que ha llegado a nuestros días presenta planta de cruz latina, con nave longitudinal de tres tramos cubierta con bóveda moderna de arista, nave transversal o transepto cubierta con bóveda de cañón apuntado, crucero con cimborrio cuadrado, amplio presbiterio abovedado también con medio cañón apuntado y cabecera semicircular abovedada con cuarto de esfera y decorada meramente con una imposta jaqueada, bajo los vanos con columnillas y capiteles historiados, que es de menor altura que el presbiterio. El pórtico, la torre cuadrada -acodada al ángulo de inserción de la nave y el brazo norte del transepto- y la sacristía son estructuras anejas a la fábrica primitiva. La bóveda de arista enlucida, introducida en la reforma del siglo XVIII, manifestada también en los muros de mampostería de la nave, debió de sustituir a una primitiva cubierta consistente en un armazón de madera, pues la carencia de contrafuertes parece indicar la inexistencia en origen de un sistema abovedado en la nave longitudinal. El brazo del Evangelio (norte) de la nave transversal tiene algo más de profundidad que el de la Epístola; antiguamente, daba paso a las dependencias conventuales, que incluían un claustro, pero hoy aparece acortado por un muro que conserva la puerta primitiva, ojival.

Los arcos torales que definen el crucero son doblados, apuntados y presentan decoración de bolas. El crucero se cubre con un cimborrio abovedado protogótico de arcos cruzados y levemente apuntados en cuyos arranques se sitúan las figuras antropomorfas y aladas de los evangelistas. Es singular la representación de este Tetramorfos con figuras humanas y cabezas zoomorfas aureoladas: las de un león (San Marcos), un toro (San Lucas) y un águila (San Juan). Cuatro ventanas abocinadas de arco apuntado, de época protogótica, se abren en cada lado. Se trata de un cimborrio muy transformado, pero restos arquitectónicos dan a entender que en origen pudo presentar exteriormente cuatro torrecillas macizas, erguidas sobre los pilares torales, lo que evoca soluciones típicas del momento en la zona castellana, como sucede con las catedrales de Zamora y Vieja de Salamanca, y con la Colegiata de Toro, amén de la disposición primitiva del cimborrio de la iglesia del Monasterio de Irache.

Los pilares del crucero y, en un nivel más bajo, adosadas a las paredes, las robustas columnas pareadas que sostenían el desaparecido coro alto a los pies, así como las paredes interiores del ábside, presentan en sus capiteles decoración románica típica, consistente en temas vegetales, zoológicos e iconográficos, de delicada factura y ricos simbolismo y alegoría: pueden contemplarse acantos, aves de cuellos estilizados, esbeltos felinos enfrentados y opuestos, grifos, jinetes luchando contra centauros entre tallos, fieras cebadas en sus presas, monstruos devorando a seres humanos, torturantes mascarones de fauces abiertas, etc.

El exterior del edificio es sencillo. En la fachada sur, que acoge el pórtico, y que fue también la fachada principal del templo románico anterior a la reforma dieciochesca, destacan los canes del alero del tejado, con cabezas de animales domésticos, seres fabulosos (sirenas, quimeras, una harpía, un basilisco) y otros elementos decorativos. El ábside, semicircular y de perfecta sillería, está recorrido a media altura por una imposta ajedrezada. Verticalmente se organiza en tres segmentos rasgados por estrechos ventanales en aspillera, con arco de medio punto doblado e intradós apeado en capiteles y columnillas adosadas, cuyas basas arrancan de la imposta; los separan dos columnas cilíndricas, alzadas desde el suelo hasta la cornisa y partiendo de basas áticas sobre plintos adosados al zócalo. Los capiteles que decoran los vanos absidales son de tosca hechura y no ofrecen interés. Esta cabecera es el único elemento arquitectónico de cierta envergadura que se ha conservado intacto, desde antes de la reforma del siglo XVIII.

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